jueves, 17 de noviembre de 2011

La Daga detrás de la Sonrisa

Cada vez que salgo a fumar a la puerta de la oficina, normalmente junto con uno de los abogados del estudio, me entretengo observando a la gente que va y viene en ese clásico vals que es el trajín diario. En especial, me gusta detenerme en las parejas que cruzan enfrente mío.

Hace un rato nomás pasó una parejita de doctores. En realidad ella es enfermera y él, cirujano (el color del ambo los delata). Ella iba parloteando de no sé qué catéter que había colocado fuera de hora laboral. Él iba destilando amor por cada uno de los poros de su cuerpo, aunque aparentemente ella no se diera cuenta. O sí, y sabiéndose dueña de la situación, podría aprovecharse para obtener un aventón hacia su casa.

Más tarde fue el turno de dos chicas que iban de la mano, aunque mirando en direcciones contrarias. La que miró hacia mi lado estaba completamente abochornada; es como que quería querer estar ahí pero una fuerza superior la obligaba a querer salir corriendo. La que miraba para el lado de la calle lo hacía con fastidio, como si supiera que su compañía no estaba del todo cómoda, pero aún así se esforzaba por disimular.

La pareja de policías de la Metropolitana recorría por enésima vez la calle de arriba a abajo, deteniéndose siempre que pasaban frente a Simón, el ciruja de la cuadra. Y nunca se esforzaron en disimular el desdén que les provocaba ver un cuadro tan dantesco dada lo paqueta que es esa cuadra.


Las expresiones de nuestro cuerpo son tan variadas como difíciles de ver. Y lo más curioso es que la dificultad aumenta de manera opuesta a lo que uno creería que fuese lo normal: las demostraciones de amor son más complicadas de percibir, contrariamente a las de odio. Pero lo más triste de todo es que nos resulta más fácil percibir emociones ajenas que van dirigidas a otras personas, más nos es extremadamente difícil darnos cuenta cuando esas expresiones nos las regalan a nosotros.

Supongo que esto es porque cuando el corazón mete su sinrazón, es difícil separar la utopía de la razón.

Nunca tuve ese don, aunque puedo olfatear un mentiroso a millas de distancia. Supongo que con esa capacidad, mi vida sería un poco más fácil. O al contrario, ya que me tornaría un perseguido absoluto que no podría tener un simple rastro de confianza en el género humano. Pero no dejaría de tener un cierto poder sobre el resto de los mortales, y qué es lo que queremos en esta vida sino algo de poder...



No hay comentarios: