jueves, 15 de diciembre de 2011

Historias e Histerias

“¡Ya no quedan más hombres!” dicen ellas, haciendo el ta te ti de cuál chongo se van a comer esta noche en el boliche.

“¡Las minas son todas unas histéricas!” dicen ellos, después de salir de su undécima cuenta pirata del Facebook.

“¡Necesito un hombre que me quiera, me contenga, sea simpático, dulce, tierno, el físico y la billetera no es un parámetro!” dicen ellas, después de subirse al Vento del profe de Pilates.

“¡El amor de mi vida tiene que ser reservada, tranquila y dulce; tengo que estar orgulloso de presentársela a mamá!” dicen ellos, en el VIP de Pinar de Rocha con tres promotoras bailándoles en el caño.

 

Somos una sociedad más machista que feminista, aunque histérica e gataflorista por igual. Las mujeres son histéricas por naturaleza (sé que con esto me gané el odio de muchas de mis lectoras, pero por favor sigan leyendo hasta el final antes de crucificarme de las bolas) pero los hombres nos estamos volviendo unos histeriquitos peores que ellas. Estamos más vuelteros, más liberales, menos apegados a los compromisos, más piratas, menos sensibles y, sobre todo, menos escrupulosos. El engaño ya forma parte del paisaje cotidiano de las relaciones humanas desde hace muchísimo tiempo, pero hoy en día se lo ve como algo normal y hasta se lo justifica como si el engaño fuese culpa del engañado y no del engañador.

“Culpa tuya pelotudo, hubieses cerrado el culo a tiempo y no te hubieses mostrado tal cual sos” fue la última frase que escuché cuando decidí cerrar el tema que me tuvo en vilo por cuatro meses hace muy poco. Y curiosamente, vino de una persona de quien estoy plenamente seguro que no engañó ni engañará en su vida a su pareja.

“Jodete por tarada, el tipo quería un garch & go, con la tarasca que tiene mirá si va a querer estar con un bagarto como vos” fue lo último que escuchó ella cuando decidió cerrar el tema que la tuvo en vilo una semana entera hasta que descubrió a su eventual pareja del baile en un 1 to 1 furioso con una tarjetera en los reservados del primer piso.

Más de uno antes que yo escribió siempre lo mismo. Tenemos miedo a enamorarnos, porque cuando uno se quemó con leche ve la vaca y llora.

Conozco carretadas de mentirosas que vendieron ilusiones y terminaron cagándose en todo eso. ¿A quién no le pasó? Usted, querido/a lector/a, ¿no se siente identificado/a cuando le digo la frase “de la muerte y de los cuernos no se salva nadie”?

Los más jóvenes dirán “justamente, soy joven y voy a disfrutar de la vida que para eso soy una escultura de carne y hueso”.

Los más viejos dirán “ya se me pasó el cuarto de hora, quiero enamorarme de alguien que me haga sentir orgulloso/a, que sea el padre/la madre de mis hijos y envejecer junto a él/ella.

Quienes me conocen sabrán cuál es mi frase de cabecera.

Pero lo más aterrador, lo que nos negamos a afrontar despiadadamente y por eso hacemos lo que hacemos en una época en que ya deberíamos comenzar a vivir para otra persona, es el miedo a quedar solos. El miedo a fracasar. El miedo a lo desconocido. Por eso compramos ilusiones, compramos besos y compramos sudor por litro de un desconocido que nos aborda en la barra del bar y nos invita con eso que estamos tomando.

Tenemos miedo a la condena social, esta sociedad que te juzga por el tamaño de tus tetas, por el tamaño de tu pene o cuánto durás en el polvo. La condena social que nos impone que el hombre es un héroe si se come a una familia de lesbianas en una sola noche, pero rebaja a la mujer al rango de puta profesional si está con más de uno en una misma jornada.

También está aquel que dice que si una llave abre muchas cerraduras diferentes, esas cerraduras son una mierda.

Y ese es uno de los pilares de esta sociedad. El machismo como religión.

También el feminismo fanático impone que los cuerpos de las mujeres no son mercancía de cambio y que cada una puede hacer de él lo que considere correcto. Al no darse cuenta del daño que puede provocar esto, se terminan autoflagelando en pos de ser felices, así sea únicamente una felicidad tan efímera como falsa e hipócrita. Porque no son felices de esa manera, no pueden serlo estando solas, ni mucho menos pueden serlo sabiendo que dejaron ir a quien hubiese podido hacerlas más felices de lo que pudieran imaginar so pretexto de ser ajusticiadas por la guía telefónica de zona sur.

Sigo sin entender el por qué del engaño cuando no hay un motivo revanchista dentro de la pareja. Soy un convencido de que las vidas anteriores no interesan, uno está con quien está porque quiere algo a futuro. Tengo mis muertos en el placard y muy pocas veces los saco a dar un paseo, ya que son bastante jodidos como para mostrarlos al mundo exterior sin sufrir consecuencias. Y sigo convencido que quien engaña, es un mentiroso de la peor calaña. Por eso es que hoy en día, me siento mejor con relaciones que duran lo que un buen tema de The Who y de ahí no pase a mayores.

Actitud nefasta si la hay, porque en el medio me voy a perder de algo muy bueno por miedo al fracaso. Todo gracias a vos, perra.

Están también quienes engañan o histeriquean por venganza. Porque sus padres se separaron, porque pescaron a sus padres infraganti con otra pareja, porque fueron engañados/as… y por gente como esa, boludos como yo dejamos de creer en el amor eterno y nos resistimos a aceptar su existencia.

La frase hecha “tranquilo/a, todo se va a arreglar, no era para vos” es un insulto a mi inteligencia. No digo que tenga un IQ iluminado, pero creo que tengo mis ideas bien firmes y puedo encarar una relación con la madurez suficiente para no engañar. Considero a quienes engañan una lacra tan grande como quien le desfigura el rostro a su hijo/a. Son dos casos de violencia similares y opuestos a la vez. Solo que en uno de ellos la secuela es física; en el otro es física y emocional.

Pero qué tonto que fui al reconocer que soy un cornudo más, che.

Prefiero ser un cornudo con la conciencia limpia. Al resto de la frase, se la dejo al criterio de cada uno/a de ustedes.

 

(guarda que en el medio hay una teta distraída)

martes, 13 de diciembre de 2011

Enfermeras del amor

 

Anita está nerviosa. Sube y baja la calle por enésima vez.

Anita tiene frío, pese a que es una noche por demás calurosa. Anita tiene frío, no en la piel, sino en el alma.

Anita ve pasar los autos caros que la observan como mercancía de intercambio. Los transeúntes la esquivan, la evitan, no la miran. Como si fuera portadora de una peste medieval, o de un mal incurable que merezca una condena social.

Anita lo sabe, y juega a convivir con ese pensamiento sin cuidado. Pero en el fondo, le duele. Son cicatrices que no van a sanar del todo mientras que esto dure.

Anita prende un cigarrillo. Se relaja. Mira su reloj, son las 22:30. La noche recién comienza, hay que parar la olla y su hijo lo sabe tanto como ella.

Anita se acerca al Mercedes que frena frente a ella. Se apoya en el cristal bajo, ofrece lo que tiene para ofrecer. Tal parece que no hay demanda, ya que el Mercedes sube el cristal y parte raudo hacia no se sabe dónde.

Anita se queda con las manos vacías. Se deshace un poco la mata de cabello ondulado que orla su cabeza, se encoge de hombros y vuelve a empezar.

Anita sabe que todo esto se trata de volver a empezar, una y otra vez. Convive con ello. Sabe que es la ley de esta jungla de cemento, donde sobrevive el más fuerte y el más débil queda en el camino. Y ella es fuerte.

Anita vuelve a caminar, una y otra vez, por toda la extensión de la cuadra. Enfrente está el principal Vera, quien la saluda con gesto adusto, por miedo al qué dirán. Pero todos allí saben que el principal Vera es una especie de guardaespaldas de esa zona.

Anita tiene miedo que esta noche sea su última noche. Como siempre. No tiene miedo a morir, tiene miedo al olvido, Y eso, para ella, es peor que morir.

Anita sabe que nadie se enamorará de ella. Esas cosas solamente pasan en las películas. Sabe que el amor eterno no existe, por lo menos en su caso, y si algo existe que sea amor, se termina en lo que dura el rato previamente pactado.

Anita cree que lo que hace es una especie de relación más que perfecta y honesta. Ella sabe lo que quiere, su ocasional pareja –si es que pueda denominársela así – también sabe lo que quiere, y todo queda dentro de las cuatro paredes del hotel o las seis o cuatro ventanillas polarizadas del auto.

Anita quiere que esto se acabe. Y al mismo tiempo quiere que nunca termine. Es contradictoria. Como todas las que juegan a escaparse de su prisión mental y juegan a ser gato, que va de tejado en tejado sin quedarse en ninguna casa ajena.

Anita brega en medio de esa incertidumbre que da el no haber podido ser profeta en su tierra, tener que haber venido del norte hasta la Reina del Plata porque su tierra natal no le dio lo que necesitaba, en busca de los billetes que abundan en las carteras de los adinerados. Extraña dicotomía, abundan los billetes como también abunda el vacío del alma de quienes tienen mucho y a la vez tienen poco.

Anita me ve. Se acerca hasta mí, me ofrece un rato de sudor y gemidos por una módica suma que puedo pagar, aunque no quiero por respeto a ella y a la mujer que me dio la vida. Ella lo entiende, me da un beso en la mejilla y sigue con su peregrinaje de una sola cuadra. Como si fuera una letanía, le escucho repetir una frase algo gastada pero reconfortante: “ojalá todos los hombres fueran como vos, así no tendría que hacer esto”

Anita sabe que soy igual a todos ellos, que de haber tenido la oportunidad lo habría hecho, pero por un mínimo instante tuve un chispazo de cordura. No condeno lo que hace, no comparto lo que hace, pero eso no me hace mejor que los demás ya que con lo que le hubiese dado como pago ella habría tenido algo más de alimento para su hijo y yo hubiera tenido un entremés para mi espíritu. Y hasta quizás podría haberla rescatado, haciendo una visión más romántica de un panorama donde no existe el romanticismo.

Anita no dice nada. Juega a hacer de cuenta que yo sé lo que ella sabe, y al mismo tiempo no lo sabe de la misma manera que no lo sé yo. Y tantos otros. Y eso la hace, en una medida infinita, mucho mejor persona que yo.

Anita vuelve a sentir nervios porque no sabe cómo va a terminar esta historia. Yo tengo miedo de no saber cómo terminar esta narración. Ambos nos vamos, cada uno por nuestro camino, a enfrentar nuestros fantasmas. La noche no dice nada, y no dirá nada más. Igual que Anita.

 

martes, 6 de diciembre de 2011

Sobremesa


La cuadra en la cual trabajo es famosa ente la gente de oficina de por acá por su ambiente agradable, la vereda llena de sillas y mesas para comer y el boulevard con farolas. Le da un estilo colonial muy particular, más allá de ser donde muere una avenida en pleno San Telmo.
Justamente, el tema que observo el día de hoy, son esos espacios gastronómicos que engalanan el paisaje cotidiano.
Todos saben que no puedo fumar dentro de la oficina, y es por eso que cada vez que salgo a despuntar el vicio trato que sea un momento de reflexión. Venía con una pequeña sequía de temas, pero lo de hoy me llamó particularmente la atención. Y creo que a más de uno le habrá ocurrido cuando se encontró con estas dicotomías tan particulares.
¿De qué se trata este humilde espacio literario, si no es de dicotomías del día a día?
Tanto en la esquina de la manzana donde está mi trabajo, como en la mitad de la cuadra (antes de llegar al tallercito mecánico del rengo Recabarrén) hay un restaurante diferente al anterior. Tres realidades diferentes en un –casi – mismo lugar.
La esquina es un espacio agradable y semi moderno, pero sin perder la esencia de San Telmo: toldos negros desplegables, mesas y sillas desnudas de madera mal barnizada, muchas botellas devenidas en adornos y tango.
Al lado de la anterior oficina donde trabajaba, está el restaurante verde. No sólo porque está pintado, efectivamente, de un desagradable color verde loro que contrasta muy mal con el hierro descuidado de las sillas rústicas e incómodas, sino porque es un espacio naturista para que los que salen del gimnasio llenen los espacios entre sus dientes con porciones vegetales que no llenarían ni a una hormiga en pleno frenesí alimenticio.
Y por último, al lado del ya citado taller, se encuentra el espacio cool para los más jóvenes. El restó bohemio donde se puede hacer el after office, ir a tomar algo con tu pareja a media luz, compartir una picadita con amigos o relajarse mientras tomás un mokaccino y leés el diario de deportes, todo eso engalanado por la simpatía de las mozas.
Tuve el siniestro placer de ir a cada uno de ellos, y a decir verdad, en ninguno me sentí del todo cómodo.
Y lo de aclarar que cuando salgo a fumar me pongo a reflexionar no fue de puro capricho. Siempre que salgo, tengo la costumbre de mirar a quienes están sentados a la sombra de los gomeros o las sombrillas debajo de ellos, y notar la tristeza o el compromiso por el que están almorzando ahí. Es una imagen tan triste como desesperanzadora acerca de la falsedad humana, de la cual ya hablamos, y de la necesidad de ir a dejarse el sueldo en una porción insignificante de nada, en pos de quedar bien ante los ojos del otro.
Y por otro lado, agradezco a Dios el haber encontrado el bolichón de Tito. Un lugar no demasiado pintoresco ni higiénico, con algún que otro cuadro de Gardel, muchas revistas de chismes que le trae el canillita de la mano de enfrente y sobre todo, con mucha gente comiendo. Gente como del barrio, o como las familias que viven en esas casas chorizo de las que casi no abundan, que se juntan a comer los domingos en familia. Risas, carcajadas, truco, vino, soda, noticiero, pan, pastas, empanadas, y un ambiente de camaradería que difícilmente se encuentre en un restó de Puerto Madero o Las Cañitas. Mucho menos, de San Telmo.
Es que olvidé comentarles, oportunamente, que la avenida en la que trabajo divide San Telmo de Constitución. ¿En qué barrio estoy trabajando, entonces?  Por si acaso, no quiero averiguarlo. A ver si todavía me llevo una decepción. Parque Lezama está acá en la esquina, y da toda la chapa decir que trabajás en La Boca…

viernes, 2 de diciembre de 2011

Paparazzis, paparazzis everywhere

Charlando con una de esas amigas incondicionales que los hombres solemos tener (ese tipo de amiga muy amiga que está más fuerte que aliento de búfalo, pero que sabés que no vas a tocar inadecuadamente porque es casi como tocar a tu hermanita menor) tuve la confirmación de un pensamiento que ya venía masticando de hace rato, pero que nunca me atreví a comprobar.
Esta amiga me contó, durante el summary de sus vacaciones en no recuerdo qué ciudad bohemia y jipona que se ponen de moda en verano a fuerza de hierbas locas y rastas, que los baños de mujeres son extremadamente más sucios que los de hombres. Vaya si habré fantaseado con ese tema más de la cuenta.
A ver. Mi vieja me llevó varias veces a un baño femenino cuando tenía 4 años o menos, y la verdad que para acordarme de acontecimientos 25 años atrás no estoy muy lúcido que digamos. Tuve una novia con una hermanita de la misma edad que cuento, a la que más de una vez llevé al shopping y la llevé al baño de mujeres apelando a la buena onda de las ocupantes para que me dieran una mano, y no precisamente en mi cara o genitales. Y nunca le presté atención al tema que menciono anteriormente.
¿Vieron cuando les pinta el Brainstorming, ese torbellino de ideas que van hilando casi a la velocidad de la luz, pero que no saben de dónde viene ni dónde va? Bueno, algo parecido me pasó en ese momento, para decidirme a saber en qué quiero reencarnar –si es que tal acontecimiento metafísico existe – en una vida futura.
Hablo de convertirme en espejo de baño de mujeres.
Los fanáticos de Pulp Fiction recordarán la escena en que Uma Thurman (o Mía Wallace, como quieran denominarla, salvo que prefieran Poison Ivy y ahí se pudra todo) se pega un terrible nariguetazo en el baño del bar donde va con Travolta. O la escena de Trainspotting donde las dos novias de los protagonistas hablan de aquello que leyeron en la Cosmopolitan acerca de no intimar en meses para mantener la atención de sus parejas. Conversación que se dio en… el baño, justamente.
¿A qué voy con todo esto? A ese miedo irracional y desmedido que tenemos los hombres a que las mujeres abran la boca. No digo que no la abran en la situación de la más sagrada y natural unión entre dos personas, sino a que un día se decida a hablar y cuente absolutamente todo. 
Tenemos miedo a que el otro se entere que somos precoces. Que no duramos más de un segundo polvo con toda la furia. Que para el tercero tenemos que convertirnos en pitufos de tanto viagra. Que la tenemos más chica que el novio anterior. Que ponemos caras que avergonzaría a Jim Carrey en pleno coito. 
Es una psicosis constante.
Alguna vez tuve que ponerle los puntos a un amigo que me contaba con pelos y señales las guarangadas que hacía con su nueva novia. De esto pasó hace mucho tiempo, pero por suerte no llegué a conocer a la dama. Si la conocía, supongo que le pedía el teléfono y que me hiciera precio por cantidad de integrantes. 
Actualmente mis dos amigos no me contarían sus intimidades ni siquiera en el peor estado de embriaguez o de faso, ni mucho menos yo haría lo propio con mis chanchadas. Ojo, esto califica únicamente para la pareja estable. 
Si te fuiste de trampa… es otra cantata.
Siempre tenemos ese terror a que cuenten la vez que nos disfrazamos de El Zorro y le dibujamos una Z de esmegma en la espalda. Y más aún, si nos gusta que ese dedito explorador nos entre en el culo hasta la tercera falange y si se pudieran dos dedos sería mejor. 
Capaz que el tema de la intimidad pasa por otro lado para las mujeres, mientras que por lo menos para mí incluye el tema del catre y todo lo que se haga en posición horizontal o vertical dentro de una habitación, automóvil o baño de avión.
Y lo peor de todo, lo más frustrante, lo que más pánico nos da, es que nunca vamos a saber de labios de nuestras parejas qué es lo que hablan o hacen en nuestra ausencia. Me sorprende la gente que confía en ellas de manera incondicional. Lo que es yo paso, y por experiencia no voy a hacerlo más. No voy a escarchar a mi anterior, que me pintó un panorama prometedor para terminar pintando para gato. 
Y no sé hasta dónde alcanza el asunto, pero es bastante complicado.
Eso es lo malo de tener parejas amigas en común. Mientras que vos les sonrías, el no saber qué están pensando de vos es desesperante. Quizás no sepan nada… quizás lo sepan todo. 
Pero vos, pobre incauto enamorado, nunca te vas a enterar.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Mind the gap

Gran parte de nuestra vida laboral transcurre en el transporte público. La gran mayoría de quienes no logramos emanciparnos económicamente como para comprarnos una moto o un auto sabemos lo que es correr y sufrir a manos de estas "orugas con cabañas que llevan gente en su interior", voto a Les Luthiers. Y más en los días de calor agobiante como los que nos están tocando.
Viajar en tren no deja de resultarme una experiencia tan placentera como estresante. Conozco el paisaje de memoria, tanto interior como exterior. Desde la hora pico matinal a la mañana, situación en la cual alguna vez he viajado en los costados de la locomotora (los memoriosos recuerdan la vez que ardió el sistema de señales de Constitución), en los estribos de los vagones del diesel con todo el cuerpo fuera de la formación o sentado en los topes hidráulicos del último vagón; hasta haber tenido el privilegio de pasar a la cabina del conductor del eléctrico con mi papá teniendo unos pequeños 7 años.
Nunca deja de temer el trabajador promedio a sufrir un percance. Desde los normales arrebatos en los andenes, los cortes en Avellaneda o Wilde, hasta caerse de un vagón lleno de más. O peor aún, ser bajado por un controlador que no tolera que no sacamos boleto o nos pasamos de sección.
Párrafo aparte merecen los vendedores. Es un pintoresco mercado persa sobre ruedas, un interminable desfile que nos promete deleitarnos durante el viaje, quedar bien con poca plata, refrescar nuestro aliento, evitar fugas de energía en electrodomésticos, llevar a los chicos, iluminar motores o ambientes oscuros, ver los últimos estrenos en calidad final, escuchar la mejor música... Nadie se siente molesto, compran o ignoran con el mismo respeto que los vendedores hacen su trabajo. Y la ronda sigue su curso y todos viven.
Pero (siempre hay un "pero" para todo) también están aquellos impunes que hacen esa aventura muy poco placentera. Me refiero a dos tipos de personajes a los cuales desprecio con toda mi alma.
Normalmente, al volver a mi casa, me voy a la otra punta del andén para hacer la fila y viajar sentado y durmiendo en el primer vagón del lado de la ventanilla. Por esto, soy un férreo defensor de no dar el asiento a quienes, en teoría, les corresponde. A ver. Jamás me siento en el asiento individual de al lado de la puerta, ya que tendría que pararme indefectiblemente y por ley. Pero si estoy en medio del vagón... fuck off, no me corresponde. Hacé la fila como la hice yo, dejando pasar 4 o 5 formaciones. Y para no hacer la fila, tenés los bancos en el andén.
Ahora bien, las estaciones intermedias son otra cantata. Y ahí está el punto de mi queja: parece que nadie, NADIE, se da por aludido ante esto. Un lisiado, una embarazada o un padre cargando con su bebé es ignorado absolutamente por quienes se hacen los dormidos y espían furtivamente para ver si otro boludo hizo la obra santa de levantarse.
Ojo que las mujeres tampoco están exentas a la hora de dar el ejemplo eh. Más de una vez un caballero del medio tuvo que pararse porque la ocupante del asiento destinado a tal fin no se dio por aludida. Podría atribuirlo al tono de piel y su formación mental, pero no lo voy a hacer por si el INADI.
Y el otro espécimen del que hablo, es mi tan odiado DJ ferroviario. Ese que con su celular de alta gama, con cuyo costo se podría pagar la deuda externa de un país de África, atormenta al pasaje a fuerza de cumbia de mal gusto a todo volumen. ¿No se inventaron todavía los auriculares? ¿No se inventó todavía el respeto por el prójimo? Y no me vengan con que declaro esto por no gustarme la cumbia; de hecho nunca escuché a ningún metalero hacer esto. Es una cuestión de principios. Lo que tampoco vi, es ningún cortés pedido de algún integrante del pasaje de bajar el volumen, solamente caras molestas y traslados de lugar, ante la cara de indiferencia del providencial pinchadiscos.
He visto, sí, represalias. Pero eso es parte de otro ensayo.
Curiosamente, sin todos estos componentes mis viajes serían muy aburridos. Me gusta sufrir todo esto. Después de todo, nunca está de más un poquito de caos en nuestra ordenada vida, ¿no?

lunes, 28 de noviembre de 2011

Silencio, estamos retrasando lo inevitable

La vida de hospital puede ser tan románticamente televisiva como desesperanzadoramente real. Gracias a mi madre me hice bastante habitué de los pasillos de la salud pública, al punto tal de amar y odiar en la misma medida estos lugares.
Lo cual me lleva a explicar el título de este humilde ensayo escrito en la habitación 115 de un hospital de la zona sur, con el Chaqueño Palavecino de fondo en la tele. En un capítulo de mi serie favorita, casualmente una comedia de hospital, uno de los doctores aseveró que "nosotros no buscamos la salud; simplemente retrasamos el final que todos sabemos que va a ocurrir inevitablemente". Y es una frase que me marcó tanto, que cada vez que paso por una clínica no puedo dejar de pensar  que la Muerte se pasea tranquilamente por sus alas, eligiendo randómicamente a quién dormir en su sueño de eternidad.
Bajo un momento a fumar, y veo la puerta de la guardia allá a unos metros. Un lugar tan frenético como pocas veces vi, ya que justamente, es ahí donde a veces se debate la lucha de la fragilidad de la vida contra la oscuridad de la muerte. En este momento están entrando a un herido de bala. Hace un rato, me conversa el seguridad de la puerta, ingresaron a dos accidentados en moto. Veo las caras de los padres primerizos que traen a sus hijos sin saber lo que les pasan. Veo los ancianos que quedan a merced de esa vorágine humana que los relega al segundo plano. Las enfermeras del turno noche, más dormidas que vivas. Los dos policías que custodian al ladrón atrapado y herido en una pierna.
Y paradójicamente, cruzando la avenida se encuentra un salón de fiestas que, ajeno a todo esto, festeja los 15 años de una jovencita a puro volumen. Hace un rato hizo su entrada con fuegos artificiales. Mi pensamiento, compartido con el de una de las enfermeras, fue “un poco raro poner un salón de fiestas al lado de un hospital, es como si pusiera una funeraria al lado de un jardín de infantes”.
Ya me tocó estar dos veces sobre la camilla, poca gente sabe esto. No voy a dar muchos detalles; simplemente voy a decir que puede ser agradable u odioso dependiendo de la onda que le ponga cada uno. La primera vez fue un suceso que marcó mi vida. La segunda vez hizo que torciera absolutamente todo lo que venía haciendo hasta ese momento. No sé si me haría gracia caer ahora, más que nada porque son ocasiones en que me las arreglé solo por completo y ahora querría lo mismo. Yo y mi costumbre de herir sentimientos ajenos.
De todos modos, quizás no sea tan malo pasar una pequeña temporada ahí adentro. A ver cuántos me llaman para ver qué pasó. A ver cuántos retoman el contacto perdido conmigo. A ver cuántos vienen a verme con ganas, y cuántos vienen a verme con culpa. Incluso, a ver cuántos vienen. Y como todo en mi vida es una contradicción permanente, no tengo ganas que venga a verme nadie. Ahí me viene a avisar la enfermera que puedo volver a subir. Tengo que ir a ver a mi vieja. Tiempo del mea culpa…

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Puro blabla

Vivo de las palabras, tanto las escritas como las dichas al aire. Son vitales para mi trabajo, como también lo son para mi nuevo (o retomado) hobby de blogger newbie.

Leer cómo escriben, ver qué escriben y presenciar dónde escriben cuando las personas escriben, es un ejercicio que me ayuda a estar siempre alerta a varias conversaciones al mismo tiempo. Sobre todo, para saber cómo es el estadio de ánimo del interlocutor. No me convence quedarme con la liviandad del primer vistazo, esa primera impresión asesina tan característica mía. Siempre existe una idea secundaria debajo de la principal, y casi siempre resulta más importante que la primera.

Eso es lo más interesante, si no lo más enriquecedor, de nuestro idioma. Quienes me conocen de cerca saben que la ironía es mi lengua nativa, corolada con toques de sutileza y muchísimo doble sentido dependiendo del caso particular. Mucho me costó balancear todo eso hasta convertirlo en un mix interesante y de buen gusto; por lo tanto me gusta ejercitarlo constantemente.

Además sabemos que esos recursos idiomáticos no son comunes a todos, y son ajenos a unos cuantos. De manera que, quienes sabemos utilizarlos, podríamos ser los conserjes de la Torre de Babel.

Irónicos, alegres, reflexivos, sarcásticos, derrotistas, quejosos, chispeantes, directos, tímidos, reservados, sinceros, picantes... todos los rasgos de nuestra personalidad quedan al descubierto cuando nos expresamos. No quiero decir con esto que se entiende lo que queremos expresar, sino que sencillamente el estado de ánimo es quien queda al desnudo cuando nos expresamos. 

Sobre todo en esta época en que el lenguaje se encuentra tan bastardeado (no me cierra la idea de "aggiornado"), tanto por licencias idiomáticas como por los diferentes... llamémosle dialectos varios de los estratos sociales, el ahorro en las telecomunicaciones (la rapidez de escritura en los sms, programas de mensajería instantánea y redes sociales, haciendo gala todo ello de su informalidad) o el mero desconocimiento de quienes no tuvieron la oportunidad de educarse.

¿Me piden una conclusión? No se puede conocer a una persona por el mero hecho de leer un puñado de expresiones proferido por ella. Quien afirme esto, algo tan clásico de escuchar de parte de tantos filósofos de bar, no es un conocedor sino un ladri. Cuanto mucho, puede dar una idea muy sutil en cuanto a aproximación de la personalidad de la persona, pero solamente rasgos muy externos. Ni hablar, en mi modesta opinión y experiencia de vida, de quienes juzgan la personalidad por su manera de escribir a mano alzada. Eso ya radica en lo puramente descarado, ya que para plantear estas cosas nada mejor que un buen y desconocido psicólogo.

Ahora bien, no sirve de nada ser un literato destacado, o un orador exquisito, si no se cuenta con una platea acorde. Y más allá de la única persona que declara leer este humilde espacio, sé que lo hacen otros internautas cuya opinión respeto muchísimo por estar involucrados en los medios desde hace tiempo y haber demostrado que la pluma es más poderosa que la espada, voto a Jack Nicholson.

Pequeñas alegrías de alguien que se esfuerza en escribir algo ameno e interesante a la vez.

Lo cual hace que me pregunte, tras esta introducción un tanto larga, el tópico que me llevó a escribirla. ¿Por qué cazzo las minas que son las más perras, fiesteras y zarpadas, son las primeras que claman que "ya no quedan hombres!", o ponen una cita de Bucay acerca de lo solas e incomprendidas que se sienten, o un aforismo de Narosky pidiendo por el príncipe azul que las lleve al palacio de cristal en su muro de Facebook? ¿No se dan cuenta que todos los que ya pasamos por esa histeriqueada sabemos de memoria que son las primeras que, después de jurarte amor eterno tras la sexta botella de Frizze, se van derechito al baño a fisurar media hora y después le pasan el teléfono a cuanto chongo se cruce en el medio, o en cuanta red social de trampa puedan conocer? Pero ojo, vos seguís siendo el amor de sus vidas eh, no te confundas...

¡Carajo, qué bronca que me dan!